La filosofía de San Agustín

 

Bizancio 1150-1200ca.

No se comprende la filosofía medieval del Occidente latino en su evolución, en su esencia y en su importancia, si no se conocen sus precedentes y sus fuentes. Porque la filosofía escolástica no nació como una creación nueva desprovista de tradiciones, sino que fue un desarrollo, en ámbito más extenso, de la filosofía antigua, patrística (agustiniana) y en parte también de la filosofía arábigo-judía. Constantemente, en los escritos escolásticos, la utilización de esas fuentes, aprobando o rechazando su contenido, nos permite seguir las raíces históricas y los fundamentos del pensamiento escolástico. Podemos prescindir aquí de la exposición de la filosofía griega, del sistema de Platón y del neoplatonismo y, ante todo, de Aristóteles, pues de ello se trata en otro manual de la COLECCIÓN LABOR . Podemos contentarnos en esta Introducción con breves palabras. sobre San Agustín, a través del cual principalmente se transmite a la Edad Media la influencia patrística, y sobre las principales direcciones de la filosofía islámica-judía . Ciertamente esos dos pórticos de la filosofía cristiana de la Edad Media no tienen entre sí ninguna conexión arquitectónica, pero hay que atravesarlos previamente para poder orientarse en la filosofía escolástica.

 

 

La filosofía de San Agustín



Es difícil trazar un bosquejo de la poderosa, significativa y radiante figura del filósofo Agustín. San Agustín es el más grande de los Padres y teólogos de la Iglesia católica, el que ha señalado sus caminos a la dogmática especulativa, a la moral y a la mística, y ha creado una serie de disciplinas teológicas; como obispo el más importante de su tiempo, ha desarrollado una actividad práctica que hubiera bastado para llenar una vida entera. Es una personalidad profundamente religiosa, llena de ardiente amor a Dios y de abnegado amor a los hombres, que resplandece por la generosidad más pura; es un pensador de intuición genial que reúne en sí el don de la observación psicológica delicada, la especulación metafísica y la interioridad mística; es un orador y un escritor de fascinadora fuerza persuasiva y de la más poderosa facultad de expresión; ofrece atractivo incluso para el hombre moderno, de modo que pertenece a la Antigüedad, a la Edad Media y a los modernos tiempos. Múltiple como el que más entre los modernos, representa la figura de un pensador cuyo radio de influencia es inconmensurable. San Agustín no sólo ha pensado su sistema y le ha dado forma sino que lo ha alcanzado con esfuerzo y lo ha vivido. Su filosofía es en el más alto grado una filosofía personal.
Aurelio Agustín nació en el año 354 en Tagaste (África) y, después de una sólida formación científica en su país, fue maestro de retórica en Tagaste y en Cartago, después en Roma y en Milán. Convertido en esta última ciudad al Cristianismo, fue bautizado por San Ambrosio en la Pascua del año 387, se hizo después presbítero y desde el año 395 hasta su muerte ocurrida en 430 desarrolló una asombrosa y variada actividad como obispo de Hipona. Entre sus numerosas obras interesan principalmente a la Filosofía las Confessiones (13 libros), la más cautivadora autobiografía de la literatura del mundo, las monografías Contra académicos (contra los escépticos), Soliloquiorum libri II, De quantitate animae, De anima et eius origine, De immortalitale animae, De ordine, De libero arbitrio y, finalmente, las grandes obras De civitate Dei y De trinitate.
La evolución del espíritu de San Agustín antes de su conversión es una constante aspiración a la verdad, buscada primero en los maniqueos, cuyo sensualismo y materialismo no podían contentar su grande alma, después en el escepticismo de la nueva Academia, cuya renuncia a la posesión de la verdad no le agradó tampoco. Finalmente el espiritualismo de los escritos neoplatónicos, que había conocido en la traducción latina de Mario Victorino, fue el terreno metafísico desde el cual se elevó al conocimiento de la verdad y valor suprasensibles y sobrenaturales del Cristianismo.
El ansia ardiente de la verdad es el rasgo fundamental de la vida espiritual de San Agustín. Su anhelo tiene en sí dos grandes fines: Dios y el alma; quiere conocer a Dios y al alma; fuera de eso, nada. El camino para esta ciencia es la vida interior, la sumersión en sí mismo; la verdad habita en el hombre interior. En el interior del hombre está también el punto de partida de la filosofía agustiniana que quiere resolver, en primen lugar, el problema epistemológico de la verdad y de la certeza, cuya dificultad había sentido su alma.
Mucho antes que Descartes, puso San Agustín en la certeza inmediata de los hechos de conciencia y del propio «yo» el punto de partida de la filosofía. Como Descantes, parte de la duda. Muchas cosas se pueden poner en duda, pero queda como cosa cierta que yo soy un sujeto que duda. Si el hecho de la duda es una cosa cierta, los hechos de conciencia que en la duda se manifiestan: la vida, el recuerdo, la comprensión, la voluntad, el pensamiento, el juicio, son también algo absolutamente cierto, por tanto también la existencia del yo que duda, vive, recuerda, etc., es absolutamente cierta. El fundamento de la absoluta certeza de los hechos de conciencia y de la existencia del propio yo está en la inmediata visión de estas verdades. Pero esas verdades son verdades de hecho que tienen un valor individual. ¿Cómo llegaremos, pues, a un conocimiento que exceda nuestro propio yo, de las realidades y verdades que están fuera de nosotros y sobre nosotros? San Agustín distingue según el sentido platónico, un mundo corpóreo y otro incorpóreo e inteligible. El conocimiento sensible nos garantiza y nos abre la realidad del mundo corpóreo. Pero ésta puede ofrecernos solamente opinión, no ciencia y verdad. Solo hay ciencia del contenido y objetos del mundo inteligible, que son la verdadera realidad, el verdadero ser. En una visión inmediata, libre de error, aprehende nuestro espíritu en sí mismo las rationes aeternae, las eternas, inmutables e invariables verdades de la Lógica, de las Matemáticas, de la Ética y de la Estética. Estas verdades no brotan de la experiencia sensible, son principios a priori de la razón, y norma para los juicios de nuestro mundo interior, como también del mundo exterior corpóreo, de las imágenes estéticas y de las acciones éticas.
Estas rationes aeternae están en nuestro espíritu pero no son de nuestro espíritu, no son producto suyo sólo lo eterno e inmutable puede ser causa de esas verdades eternas, inmutables. Ellas son reflejo de la eterna verdad divina en los pensamientos individuales de los hombres. A esas rationes aeternae corresponden en el espíritu divino las ideas divinas. San Agustín ha interpretado y perfeccionado la doctrina platónica de las ideas en el sentido de los pensamientos divinos eternos, de las formas originarias y arquetipos divinos con arreglo a los cuales han sido creadas todas las cosas. Nuestro espíritu reconoce en sí mismo las verdades inmutables e invariables, las rationes aeternae, porque se pone en contacto con el espíritu de Dios, con las ideas divinas, y la eterna verdad divina irradia sobre él. En esta luz divina invisible y pura reconocemos las más altas verdades, sin que a pesar de ello veamos al mismo Dios. San Agustín utiliza aquí la teoría neoplatónica de la iluminación o irradiación.
El punto de partida de la filosofía agustiniana, colocado en la certeza inmediata de los hechos de conciencia y de la existencia del propio yo, orienta no sólo su teoría del conocimiento sino también toda su filosofía.
En Psicología gira en torno al gran problema metafísico de la sustancialidad, espiritualidad e inmortalidad del alma humana. En su análisis psicológico de la conciencia del yo, asigna San Agustín realidad al yo, pone de relieve la independencia del yo frente a los hechos anímicos y lo muestra como sujeto permanente en medio de las variaciones de la vida del alma, con lo cual acentúa la significación de la memoria en orden a la conciencia de la identidad del yo. En suma, San Agustín caracteriza el alma como substancia. De la inmaterialidad y espiritualidad del alma quiere tener no simplemente una fe sino una clara ciencia, y consagra especial atención a la investigación de este problema, así como también a la cuestión de la inmortalidad. En un arduo razonamiento extiende la certeza del conocimiento de los hechos de conciencia y de existencia del propio yo al conocimiento de la esencia de ese yo. Si el alma tiene certeza de sí misma debe tener también certeza de su esencia. Por tanto, si el alma fuese una cosa corpórea, debería conocer que lo era con la misma certeza con que sabe que piensa, recuerda, vive y existe. Mas como no sucede así, sílguese que el alma no es cosa corpórea. Otra prueba de la inmaterialidad y espiritualidad del alma saca San Agustín del contenido y género de actividad del conocimiento superior del espíritu. La prueba principal de la inmortalidad del alma la presenta del siguiente modo: la verdad es inmutable, imperecedera y eterna. Pero el espíritu humano como portador y sujeto de la verdad está unido a ella de un modo inseparable. En consecuencia, el espíritu humano es inmortal. En el hombre no hay más que una sola alma que está toda en todo el cuerpo y toda en cada parte de él. En el alma hay memoria, entendimiento y voluntad, las potencias fundamentales, imagen de la Trinidad. La voluntad que mueve todas las facultades del alma tiene una cierta primacía. San Agustín define al hombre como un alma espiritual que se sirve de un cuerpo corpóreo terrestre, o también como substancia racional que consta de cuerpo y alma. La unión del espíritu y el cuerpo es para él un prodigio, un misterio impenetrable. Sin embargo, San Agustín no sólo ha tratado el problema metafísico de la doctrina del alma, sino que ha practicado mejor que todos los demás Padres de la Iglesia y que los escolásticos el método del análisis introspectivo de la vida del alma; en sus escritos se encierra una multitud de observaciones psicológicas empíricas. Para mencionar solamente algunas, encontramos en San Agustín consideraciones o ideas sobre psicología infantil, sobre los fenómenos de la memoria, del olvido, del conocimiento y reconocimiento, del modo cómo el hombre aprende, sobre la conciencia del tiempo, sobre la percepción sensible interna y externa, sobre la asociación de las ideas, sobre la psicología del interés, sobre la significación del ritmo en la vida espiritual, etc.
También la teología de San Agustín está en la más íntima relación con el punto de partida de su filosofía, pues los hechos de conciencia constituyen las premisas de la demostración metafísica del Ser Supremo. Fúndase esta demostración en los caracteres de la verdad. Por la introspección o mirada interior sobre nosotros mismos encontramos en nuestro espíritu las más altas verdades de la Lógica, de la Matemática, de la Estética, de la Ética, de la Religión, verdades a las cuales corresponde la propiedad de ser eternas e inmutables. La existencia de esas verdades en el espíritu debe tener una causa. Esta causa no puede ser nuestro mismo espíritu, puesto que éste, aunque sea inmortal, ha tenido su origen en el tiempo y siendo mudable su actividad no puede producir lo inmutable y eterno. Seguidamente prueba San Agustín con agudo razonamiento que la existencia en nuestro espíritu de esas verdades eternas, inmutables y necesarias sólo puede explicarse por la existencia de un Ser Supremo eterno, inmutable y necesario, es decir, por la existencia de un Dios que es la más alta, eterna verdad y la fuente primera de todas las verdades. Además de esta prueba no ética, cuyo eco resuena en la Edad Media y también en la filosofía de la Edad Moderna en Descartes, Malebranche, Fénelon, Leibniz, etc., ha desarrollado San Agustín la prueba basada en los grados de perfección, que encontramos en Santo Tomás de Aquino, la prueba teleológica, la prueba psicológica de la aspiración a la felicidad y la prueba moral.
Por su esencia es Dios incomprensible e inefable. Nuestro conocimiento de Dios es más un no-saber que un saber. San Agustín emplea ya la denominación, que encontramos en San Buenaventura y especialmente en Nicolás de Cusa, de la insuficiencia de nuestro conocimiento de Dios como docta ignorantia. En el centro de la idea agustiniana de Dios se encuentra el gran punto de vista del Ser absoluto, de un Ser sin la menor huella de no-ser ni de mutación, en comparación del cual las cosas creadas son más bien un no-ser que un ser. Dios es el fundamento originario del orden físico, intelectual y moral. Él es la realidad primaria, la absoluta verdad y el más alto bien.
En la filosofía de la naturaleza, en la doctrina acerca de la esencia y desarrollo del mundo expone San Agustín una concepción estético-optimista que muestra la armonía y hermosura del Cosmos no turbada por el mal, organizada con arreglo a un orden, y en la cual se refleja la perfección de Dios. Los principios constitutivos de las cosas son materia y forma. La materia viene a ser en el concepto de los platónicos como paene nihil, prope nihil, como un algo que está en el límite de la nada. También en el alma humana se encuentra, pues su actividad es mudable, una materia ciertamente incorpórea. En la doctrina acerca del origen del mundo tiene San Agustín por norma el relato bíblico de la creación, la idea cristiana de la creación con la cual enlaza la teoría de la formación del mundo del diálogo platónico Timeo y la doctrina de los estoicos transmitida a través del neoplatonismo, acerca de las fuerzas seminales dógoi spermatikói, rationes seminales). Dios ha creado el mundo de la nada por su libre benignidad, con su voluntad omnipotente, según el plan de sus ideas eternas. Y no ha creado Dios verdaderamente el mundo empírico ya desarrollado, sino un mundo primordial; ha creado la materia y en su seno ha puesto fuerzas germinales de las cuales debía formarse y desarrollarse, según determinadas leyes y bajo circunstancias favorables (acceptis opportunitatibus), la realidad del mundo empírico con sus seres individuales. En el teísmo creacionista de San Agustín tiene, como se ve, la idea de evolución una significación importante.
También en la ética de San Agustín tiene validez su fundamental doctrina filosófica sobre las verdades eternas, inmutables y necesarias. Dios, el más alto bien, y Dios, la suprema eterna ley: estos dos puntos de vista constituyen los fundamentos metafísicos sobre que descansa la ética de San Agustín. Dios, el ser absoluto y perfecto y, por tanto, supremo bien, constituye el fin último del hombre. Sólo en su consecución encuentra satisfacción completa el anhelo de felicidad que es inherente a la naturaleza humana. Toda la moral consiste en la ordenación de la libre voluntad humana a Dios, el bien supremo, el único que puede ser amado por sí mismo y que contiene la definitiva bienaventuranza (frui). Los demás bienes deben usarse solamente como medios conducentes a Dios (uti). La unión beatífica con el supremo bien es el objeto del otro mundo, al cual debe aspirarse aquí abajo por el conocimiento y por el amor. Toda la moral se concentra en el triunfo de la charitas, del amor a Dios y al prójimo, sobre la cupiditas, sobre el anhelo de las cosas terrestres, que aparta al hombre del supremo bien y último fin. Pero Dios es para nosotros no sólo el supremo bien, sino también la absoluta, eterna ley y por tanto la regla absoluta de nuestras acciones. La ley eterna dex aeterna) es la absoluta verdad, es la razón divina, la eterna e invariable norma que en Dios descansa, de la cual Él mismo nada puede cambiar sin ponerse en contradicción consigo mismo. Contenido de esta ley es todo el orden del mundo. Esta ley eterna que se identifica con la esencia y la razón de Dios, está impresa como ley natural en el corazón del hombre, brilla nuevamente en las eternas, necesarias e inmutables verdades éticas y normas de nuestro espíritu, es la voz de Dios que se manifiesta al hombre en la conciencia.
En su doctrina acerca del Estado asienta San Agustín, en lugar del ideal antiguo, según el cual el fin del hombre se deriva del fin del Estado, el ideal cristiano, según el cual el Estado debe servir al último fin del hombre que consiste en la unión con Dios. El Estado, como repetidas veces dice San Agustín, no tiene su origen en el pecado, sino que dimana de la ordenación querida y fundada por Dios. La Civitas terrena, la sociedad terrena concebida como ajena a Dios, cuya lucha con el Estado de Dios en la Historia del mundo bosqueja San Agustín en sus grandes líneas histórico-filosóficas e histórico-teológicas en la obra Decivitate Dei, no debe ser equiparada en el concepto agustiniano con el Estado. La relación del Estado cristiano con la Iglesia la concibe como una relación de amistad.

 

 

 

 

 

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